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    Tener fe en tu Dominante conlleva no tener miedo

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    Mi primer sometido es mi control, siempre está a mi servicio

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    Manejar el silencio es más difícil que manejar el látigo

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    Mi alma necesita tanto mimo como mi cuerpo castigo

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    Después de una sesión, la mano que te domina te debe acariciar

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    El precio de Dominar es la responsabilidad

Espera en la noche de blog de fetslve

 

De rodillas, sentado sobre mis tobillos, La espero, mirando al suelo, las palmas de las manos abiertas, mi cuerpo mínimamente ornamentado, el frio metal rodea mi cuello, mis tobillos, mis muñecas,  preparado para sujetarlos firmemente, impasible; un slip de cuero completa mi vestimenta mínima.

La emoción del momento es la tensión de mi tronco, la tensión de mi abdomen, mi piel erizada y fría, la extraña sensación de sudor seco y frío, casi helado, irreal; los nervios hormiguean por mi piel y en lo más íntimo de mi abdomen.  Soy Su ofrenda.

En efecto, ya llega, oigo Sus tacones avanzando inexorables como el paso del tiempo en el reloj de manecillas, pero son interminables; invaden el silencio de la estancia, exiguamente roto por el flamear de las llamas de las velas que nos rodean, entre penumbras y sombras quietas en el calor de la mazmorra.

Deseo admirarla, pero no puedo alzar la vista, solo puedo imaginarla. Sus recias botas se detienen frente a mí, fijo la vista en los pequeños destellos negros que de ellas arrancan las velas flameantes de nuestro alrededor.
Las pierdo de vista, vuelven a moverse, Ella esta vez en torno a mí, imagino como mira Su juguete, caprichosa, se recrea, sabe que soy suyo.

Se inclina frente a mí y puedo intuir Sus medias de rejilla, esas que tanto me gusta recorrer tímidamente con la punta de mi lengua, y  un vestido ceñido de cuero negro. Desearía descubrir más pero no puedo, debo conformarme con lo que aparece en el campo de visión de mi mirada baja, fija, embelesada.

Sus dedos sinuosos recorren mi cara, enguantados en fino látex, para deslizar sobre mis ojos un antifaz áspero de cuero negro. Ya no veo nada, sólo podré sentir e imaginar. Un poco más abajo, esos dedos fijan una bola entre mis dientes cuyas cinchas se ajustan a la nunca. Poco a poco desciendo a Sus dominios, ni puedo ni quiero evitarlo, soy feliz en esas tierras.
Ahora Sus manos toman mis muñecas, ruidos de pequeños eslabones metálicos que unen las anillas y las juntan, otros eslabones mayores parecen descender de arriba, un clic confirma mis temores. Las muñecas comienzan a ascender, siguiendo a los eslabones que deshacen su camino.  Mis brazos siguen a las muñecas, mi tronco a mis brazos, las plantas de los pies se elevan un poco y solo las puntas rozan el suelo, mi cuerpo tensionado como cuerda de guitarra perfectamente afinada, a punto de ser tañida.
Silencio, un breve silencio. Las articulaciones comienzan a hacerse sentir, obligadas a la suspensión, estoy incomodo. Sus tacones vuelven a rondar, aquí, allá, y se detienen, y otra vez el silencio.

¡Zas! Un latigazo muerde una de mis nalgas. ¡Zas! La otra. Son castigadas alternativamente y de forma muy seguida, quizás dos látigos, uno en cada mano, la bola enmudece mis gemidos, las puntas de mis pies se retraen a cada descarga, pero deben volver al suelo para intentar seguir ayudando a las muñecas a sostener mi peso. Una y otra vez mis nalgas reciben su tortura, mientras mi piel cambia la temperatura, la adrenalina comienza a drogarme y mi mente se abandona, desconecta, mi cuerpo sólo reacciona rítmicamente entregado a cada latigazo. Descansa un rato, pero vuelve a la carga, siguiendo siempre el mismo rito, el rondar de Sus tacones, Sus dedos acariciando mis nalgas mientras me estremezco, otra vez los tacones, quizás cambie de látigo, puede que ahora sean fustas, mi mente confundida y mi respirar jadeante, la saliva descendiendo de mi boca amordazada, la tensión de mis articulaciones doloridas.  El tiempo se hace largo, interminable, dulce estancia en Sus dominios.

Cambia la rutina. Mis muñecas descienden, mis brazos se relajan, y mi cuerpo extenuado desciende, haciéndose un ovillo en el suelo, sin ser desatado, la cadena que lo sostenía dibuja un recorrido sobre mi piel sudorosa, mis nalgas arden. Ahí me quedo mientras Sus tacones se alejan y se pierden en el nuevo silencio, turbado por las velas flameantes y mi jadeo. Descanso en la obscuridad del antifaz. Quizás vuelva más tarde y pueda agradecérselo.

***

Medio adormilado, sumido en la obscuridad del antifaz y entre dos mundos, el del placer de saberme Suyo, y el del dolor que ha dejado impreso en mis nalgas ardientes, disfruto de mi condición.  No sé cuánto tiempo llevo abandonado en el suelo de Su mazmorra. De pronto, una nueva punzada en el estómago, vuelvo a oír Sus tacones acercándose.

Oigo que se detiene junto a mí, se agacha,  y me libera las muñecas y me quita la mordaza de la boca. Me ajusta una cadena en la anilla del collar y tira de mí. Me pongo a cuatro patas tambaleándome, ciego, solo guiado por la cadena estirada, la sigo, dudando si voy por el buen camino. Me da un puntapié con Su bota para que me detenga.  Oigo un ruido, parece que se sienta, y dice sólo una dulce frase “ya sabes qué tienes que hacer”, mientras acerca una de Sus botas a mi boca.

Por fin, me deja agradecerle el tiempo que ha pasado enrojeciendo mis nalgas. Mis dedos buscan a tientas la bota, para coger con ambas manos el talón y el tacón, mi lengua y mis labios se acercan y comienzan a lamer profusamente. Ella sabe que me fastidia hacerlo a ciegas, porque me deleito con la visión de Sus botas, por eso no me ha quitado el antifaz. Mi mente se revela, y comienza a imaginar cómo le cuidaría Su pie desnudo, se lo lamería con función, lo besaría, le pondría crema mientras se lo masajeo, y luego le daría laca sobre Sus uñas, roja, brillante, y pequeños y amorosos soplidos para que se secara. Si después del juego me pregunta sobre los sentimientos y pensamientos que he tenido, en virtud de nuestro contrato, deberé contarle con toda sinceridad como he dejado volar mi imaginación, y dudo que le guste que me permita estas libertades con Sus pies, pero no puedo evitarlo. Cuando se lo diga, no dirá nada, quizás sonría maliciosamente, y lo guardará en Su mente, inventará algo con ese pensamiento para otro de nuestros juegos. Ella es así, sorprendente e imaginativa, creativa.

Me hace cambiar de bota y ahora beso y lamo la otra. Y sigo pensando en Sus bellos pies. Mientras me ocupo de Sus botas, doy respingos, porque aprovecha para pasarme Sus manos enguantadas por mis doloridas nalgas, sabe que están muy sensibles, se le escapa alguna que otra bofetada sobre ellas. Aunque intento concentrarme en Sus botas, las bofetadas que no veo venir me arrancan gemidos de la garganta y la sensación de dolor y escozor parece que se extiende como una onda expansiva sobre la piel de mi trasero. Voy a estar una buena temporada pensando en Ella cada vez que me siente.

Se incorpora y vuelve a tirarme de la cadena. La sigo a tientas, a cuatro patas. Nos detenemos y me da varios estirones para indicarme que me incorpore. Me levanto, me hace girar, y noto la pared y la madera de la cruz de San Andrés. Me inmoviliza atando las muñequeras y las tobilleras a cada uno de los extremos, y quedo en cruz. Sigo sin ver nada. Se acerca a mí, pega Su cuerpo contra el mío, noto el cuero en el que está enfundada, mientras baja Su mano a mi entrepierna para jugar con ella por encima del slip, acerca Sus labios a los míos y me da un profundo beso, nuestras lenguas se unen en un abrazo casi eterno. Cuando reacciona así me hace sentir Su posesión, y me entrego, me abandono encantado. Aparta Su boca y con la mano enguantada sustituye Su lengua por la mordaza de bola, de de nuevo vuelve a ajustar a mi nunca. Esta maniobra no me la esperaba y me ha excitado mucho. Se va, oigo como los tacones se alejan, pero vuelven enseguida. Noto Su mano que vuelve a jugar con mi entrepierna, me excita Su tacto. Separa el slip de mi pubis y tira algo dentro. Un frío cubito de hielo comienza a congelar mi excitación, un intenso dolor de involución en mi miembro, gimo y me estremezco. Tira otro, y otro, los suficientes para conseguir que mi excitación involucione, desaparezca, mientras sigue masajeando la entrepierna por encima del slip para que los cubitos se deshagan sobre mi piel. Noto las gotas de agua descender por mis ingles y mis piernas, y pronto la excitación desaparece. Sigo perdido en la obscuridad del antifaz.

Al regresar, noto de nuevo que ronda cerca de mí, y justo en el momento que intuyo una fuente de calor,  la cera cae sobre mis pezones mordiéndolos con su ardor. Gimo y me estremezco. Una y otra vez noto las gotas deslizarse sobre mis pezones, sobre mi tronco, intento moverme, liberarme, pero la cruz me tiene preso. Cuando los goterones se enfrían, los arranca con Sus dedos de un estirón, no le impresionan demasiado mis gemidos, mis súplicas silenciadas por la mordaza. El tiempo ha pasado despacio y noto la piel dolorida, cuando toma una fusta y termina de arrancar los trozos de cera colgantes que quedan con pequeños golpes, haciendo saltar la cera medio suelta. Cuando considera que ha terminado, me engarza el mosquetón de la correa en la anilla del collar, me libera de la cruz. Debido al cansancio me deslizo hasta el suelo, tira de la correa y me conduce hasta una jaula, donde me invita a acomodarme. La cierra y vuelve a salir de la mazmorra. 

- Descansa. -  me dice.

En efecto, sabe que estoy cansado, siento mi piel ardiente, la máscara de cuero rodea mi cara y el antifaz sigue cegándome… poco a poco me abandono en un sopor que me invade. Sus cariños han sido duros, voy perdiendo la noción del tiempo, sólo Ella en mi pensamiento… sé que seguiré entregándome a Ella para complacerla, La adoro, porque sé que soy Suyo, que me tiene y me posee y me utiliza. Y me abandono a un sueño inevitable.

fetslve.


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por fetslve
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